Mestiza, el gran festival que reivindica las culturas ancestrales pero con un pulso actual, en su primera edición cautivó a la ciudad de Mercedes, en el oeste de la provincia de Buenos Aires

El sábado pasado, 17 de septiembre, se realizó la primera edición del Festival Mestiza en Mercedes, provincia de Buenos Aires, en el Centro Cultural Dumer, con artistas consagrados en el terreno de las músicas del mundo, tanto a nivel local como internacional.

Los músicos que marcaron el pulso en ese espacio cerrado -que cuenta con un gran escenario y alrededor de 250 personas a lo largo de toda la noche- fueron Rumbo Tumba, el santiagueño Franco Ramírez y su pareja  Jo Marcel, Desierto y Agua y el responsable de este encuentro, el reconocido cantautor nacido en ese partido, Rulo Godar & Nación Wiphala, su conjunto.

La ciudad de Mercedes, desde 1865, surgida de la primigenia Guardia de Luján, es la cabecera del partido homónimo, provincia de Buenos Aires, Argentina; está situada a 96 kilómetros al oeste de Capital Federal y cuenta con 90.000 habitantes.

Sus callecitas angostas y sus pintorescas casitas bajas son el claro sinónimo de pueblo: en su plaza central, una catedral de estilo gótico y en otro de sus frentes se encuentra el Palacio Municipal.

El sábado por la tarde, el típico encuentro de reunión se produce precisamente en los alrededores de la plaza, pues allí existen comercios gastronómicos, bares típicos a los que acude gran parte de los vecinos de la zona.

El Festival

La prueba de sonidos se realizó luego de media tarde. Tras desfilar los artistas cuando aún era de día, fue el turno de Vinilo bar, un llamativo barcito de pueblo con estilo rockero, pues su dueño, un ex dueño de una disquería que supo ser famosa en el pueblo sufrió un accidental incendio en su local, recuperó los vinilos que no se quemaron y se transformaron en baluartes para darle vida a ese bar de rock tan en boga en Mercedes. Tras unas cervezas entre músicos y este cronista, el regreso al Centro Cultural fue inminente.

La luz del día ya estaba apagada y se encendieron las artificiales. El Dumer lucía distinto, amigable tanto por locales como visitantes.

«Yo investigué la historia de aquí. Antiguamente esta zona estaba habitada por Querandíes. Es una especie de reivindicación la idea de este festival. Por eso le puse el nombre de Mestiza. Dejo en claro que a partir del significado como hija de una blanco y una india, pero no quiero que sea mal interpretado, todos sabemos que las originarias fueron abusadas por blanco. Pero de eso no se trata este encuentro, sino de un homenaje a quienes poblaron nuestra tierra, ancestros nuestros», explica y recalca Rulo, referente indiscutible por esta región del Buenos Aires.

La música del Dj precalentó la jornada nocturna que se avecinaba: desde León Gieco hasta Daniel Vilca amenizan y dieron color sonoro a la noche. De pronto, el espacio se llenó de gente. Una fauna alucinante pobló adentro y la vereda y callecita que lindera con las viejas vías del ferrocarril: gente mayor, jovencitos, público de mediana edad, chicas trans. La energía positiva fue el preludio de horas de música y baile prácticamente constante casi hasta el amanecer.

Los espacios visuales también jugaron un papel preponderante para quienes se trasladaban de un lado al otro: la artista plástica Vane Quintana, apoyando su gran cuadro contra una pared a escasos metros del escenario, se llevó ovaciones y aplausos tras dibujar y pintar en vivo un enorme mural, retratando de manera majestuosa el rostro de una mestiza. Aplausos al unísono para ella.

En el otro extremo de El Dumer, Sol Pérez (que no es la conductora de Canal 26) es una reconocida estilista de la ciudad: todos la saludan, todos la abrazan, todos la quieren. Su papel fue el de intervenir cabellos de parte de su círculo cercano. Brillos, colores y actitud fue lo que se destacó de su parte, a través de sus vistosos modelos. Preciosos  todos ellos. Elegantes. Simpáticos. Brillantes.

Aunque quizás quien más repercusión generó entre el público fue una chica cuyo apodo es Estrellita del Monte, un personaje fundamental dentro de la movida mercedina. Todos la conocen. Todos saben de ella. Intervenida tanto por Sol Pérez desde el cabello, que la simuló de punk moderna intercalando su pelo con colores diversos, hasta un body painting que lució orgullosa -se lo realizó Loana Sánchez, de Loi Make Up- mientras danzó y danzó sin cesar durante cinco horas ininterrumpidas, bien cerquita del escenario. Su historia  de vida es llamativa y la narró brevemente a este cronista y a los músicos porteños en un vip improvisado frente al baño: resulta que ella vivía en Moreno y realizó trabajos solidarios en hospitales de esa región como payasa curativa en hospitales, de allí surgió su nombre artístico. Tras un match de Tinder (una aplicación de citas), se lanzó a Mercedes y terminó por instalarse por completo hace cinco años. Hoy todo el mundo local la conoce y sabe de su carisma y performance.

Por otro lado, tanto la práctica de tela acrobática por parte de Euge Qbos -quien deslumbró a todos los presentes con sus dotes y movimientos aéreos-, como los feriantes con artes manuales como prendedores, imanes o cuadros intervenidos, sin duda fueron atracciones precisas y entretenidas para husmear e incluso comprar y llevarse algún objeto de recuerdo del encuentro festivalero.

Los conciertos y sus voces

Rulo Godar & Nación Wiphala arrancaron con la música en vivo. Lo llamativo a lo largo de un largo set inaugural fue que el público coreaba todas sus canciones. Claro signo de que se trata de un referente fundamental entre el ambiente bohemio y la juventud reinante. Par Rulo este festival fue una especie de despedida de su querida Mercedes y del país, pues en breve se irá a vivir a España junto a su compañera de vida, en búsqueda de nuevas aventuras sonoras, siempre con su música folk a cuestas, y con ese fin claro: compartirla con otros de otros lados del globo. La caja norteña, la guitarra, su pasión enérgica y particular a la hora de entonar sus canciones hacen del artista un gigante representante de la música latinoamericana: tras un largo viaje por este continente abandonó su vida de rockero y se instaló para siempre en las músicas de raíz.

Luego llegaron los turnos de Jo Marcel con sus versiones de canciones de cantantes populares y detrás su pareja Franco Ramírez, un auténtico santiagueño tanto en su tono como a través de chacareras y zambas, que hicieron vibrar al público por su intensidad interpretativa. Ovación asegurada para el vocalista norteño que es reconocido a nivel internacional y que confesó en una charla por la tarde que «solitario era y ahora tengo ganas de compartir en festivales, mezclar géneros y públicos». Este guitarrero se fue a vivir a C.A.B.A. a los 16 años y desde allí dio forma a su carrera. A los pocos años consiguió cruzar al Viejo Continente para conquistar multitudes. Y así sucedió. La experiencia es lo que le sobra a esta altura de su trayectoria.

 

Rumbo Tumba fue un caso aparte. Un multiinstrumentista de 40 años que tiene un recorrido planetario como pocos. De festivales para 80.000 personas a un espacio chiquito. La humildad, la seguridad a la hora de mixturar sonidos modernos con autóctonos es la clave de su obra sonora. También el espíritu vivo de su abuelo, que late a lo largo de su recital: «Satélite, vos seguí con lo tuyo, no te detengas», solía decirle su antecesor familiar, su gran puente con lo que él eligió en la vida y a quien el músico además le hacía la gamba con el vino a escondidas cuando el resto de la familia no lo dejaba beber ni un sorbo para preservar supuestamente su salud. Facundo Salgado, el nombre tras el proyecto, rumbea con sus instrumentos bien ordenaditos dentro de un valijón, de país en país, de provincia a provincia, de ciudad a ciudad, de pueblo a pueblo, para impactar a públicos de diferentes razas, idiomas, costumbres e idiosincrasias a través de sus interesantes sonidos conseguidos como fruto de un potencial artístico moderno inigualable que rescata el ayer y lo transforma en hoy. En sus diez años de trayectoria, lleva tres discos editados en su haber. Y aún resta muchísimo más para ofrecer, se nota a la legua tan solo al saber interpretar su potencial. Gran ovación recibió tras su set de 40 minutos en Mercedes.

La frutilla del postre llegó recién pasadas las tres de la madrugada: Desierto y Agua es el dúo compuesto por Andrea Feiguin y Daniel Riaño. Organic House es una de las tantas definiciones de su propuesta, pero con el paso del tiempo, este grupo -también multiinstrumentistas ellos dos, sus integrantes-, se presenta más abarcativo a nivel sonoro. La mejor definición local sería, en tal caso, folklore electrónico. Espectacular. Rimbonbante. Danzable.

La tecnología mixturada con instrumentos ancestrales andinos y un llamativo pulso dance fueron quizás el puntapié del resto de la madrugada para que todos terminen bailando. Videos producidos con inteligencia, un aceitado ida y vuelta que existe en la pareja de músicos. Todo está bien allí: el erke con su longitud y sonidos abrazadores desde las tablas resultan impactantes, además de la vestimenta blanca que remarca la pureza originaria. Todo junto es el resultado de una apuesta a la altura de grandes shows a nivel internacional: de hecho ya han repasado su set en países como Perú o Israel, por nombrar solo a algunos.

A Mercedes llegaron con su integrante mujer en plan de renovación. Ella lo explicó con lujo de detalles, tras incorporar unas gotas en una vaso de agua, horas antes del concierto que fue el gran broche de oro del festival. «Estoy en un proceso de desintoxicación, hoy llamado Detox. Es una desparatización. Se hace dos veces al año. Es sacar los parásitos del cuerpo a través de plantas medicinales. Te elimina lo que no va. Existen bacterias y parásitos de los que te hacen bien al cuerpo. Lo que no, afuera. Primero utilizo planta amarga, luego planta picante. Un purga con una mezcla de plantas que utilizaban los comechingones. Los parásitos no solo son físicos, también hay en la cabeza. Somos cuerpo, mente y alma. De eso no hay que olvidarse», remarca la música.

Un mundo paralelo al convencional desfiló a lo largo de la noche en el Cultural Dumer, un ex depósito heredado por uno de los socios fundadores de este espacio que alberga a quienes buscan armonizar la vida de manera diferente. Se trata de una lógica bien planteada, que difunde y apuesta a un momento de integridad física y mental, intentando aunar el ayer y el hoy, con el afán de conseguir un manto de piedad interior para sobrellevar mejor la vorágine de un mundo que no da respiro alguno detrás de propuestas estresantes a nivel emocional. Bien por Rulo Godar y su proyecto de Mestiza. Ojalá se repita pronto.

Fotos: gentileza Magui Giménez. 

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